Cuando recorres ciertos caminos comunes de forma diferente, aquello recobra un significado distinto. Imagino todas las historias que pudieron desarrollarse en esta habitación, y sin embargo soy yo quien está aquí, entre estas paredes, haciéndote el más perverso de los amoríos.
Me
suspendo ante la imagen de tu rostro: tus lunares casi imperceptibles, la comisura
de tus labios; me cuesta creer que eres real, pero lo eres y estás aquí,
entregándote a mí, insaciablemente.
Me
miras de reojo persiguiendo mis movimientos por cuanto me desplazo de un
extremo a otro de la habitación, ves una mujer que acaba de salir de la ducha (el
único atuendo que llevo puesto es el pubis), pero tú… tú eres mi presa aunque
aún no lo sepas. Sé que me observas, esperándome desde la oscuridad, puesto que
apenas te diviso gracias a la luz que se cuela por las cortinas, iluminándola.
Avanzo cautelosa hacia el sitio en el que estás; me dirijo hacia la cama,
rozando la colcha con las rodillas, me inclino olisqueándote, luego delineo el
contorno de tu rostro con la punta de mi nariz y sonríes. Quizás comprendas
ahora que no podía desearte sin quererte.
Reposo
mi cabeza en tu pecho, el ritmo de tu respiración me eleva, subo y bajo,
escuchando tus latidos agolparse. Reaccionas a la tibieza de mi desnudez, y en
ese espacio que nos contiene, me pruebas de un modo distinto: lames mis
muñecas, frotas la palma, buscas mis pies, empujas mi boca con tu boca y la
muerdes, la rechazas y aceptas; juegas con mis orejas, me retuerces
maliciosamente entre las sábanas
mientras presionas mis lóbulos volviéndolos más livianos. Me encuentras, me
redescubres y me gustas, me gustas tanto que podría deshacerme bajo tu peso y
volverme a armar en cuestión de minutos.
Te
deseo con cada pase de mis dactilares por tus vellos, con reparar siquiera en tu
brazo o en el cuello que dejaras ver tímidamente por debajo de la polera; con husmear
cuidadosamente, ora por tu vientre pálido, ora por tu abdomen y presionar en la
hendidura que separa un pulmón del otro.
Desvisto
tu torso, silente, voy embebiendo tu mente de imágenes. Definitivamente, no
podría tocarte lo suficiente como para
saciarme, ni dejar que me logres sin gemir lo
bastante. Sentir tu aliento tan cerca me enceguece, me incita a
desgarrar con uñas las prendas, a humedecer cada uno de tus pliegues, a
desafiarte a contener tus fantasías por causa de las yemas rodeándote la ingle.
Te
invado con mis caricias, investigo cada trazo de piel que te integra; tus
hombros, tu clavícula, se erizan al contacto de la saliva que cae en tu
dirección. Asciendo por tu mentón y voy bajando hacia tu ombligo, sin prisa,
los dactilares te tocan con todo lo que poseo, soy capaz de dibujar un mapa con
esos lugares privados que te conforman ¿Me sientes? Puedo notarlo, puedo lograr
recorrerte una y otra vez, incansablemente, mientras callado aceptas lo que te propongo.
Me
instalo allí entre tus muslos y mañosamente me detengo, mis senos palpitan a la
idea de continuar el recorrido con ellos; tu respiración te delata, me deseas,
lo sé.
Trepo
lentamente, cual enredadera, tus pantorrillas; me deslizo un poco más y allí
instalo mi cola, logrando que mis glúteos marquen terreno entre tus piernas.
Sujetas mi cadera, la acomodas en donde
quieres… aguardas…
Me
inclino desarmándome sobre ti, y comienzo a succionar tu pecho enrojeciéndolo, tus
manos crecen desde mi cola hasta la espalda en donde masajeas instintivamente
las curvas, en donde todo lo abarcas, (el sol está comenzando a encenderse,
cuando ya te tengo montado). Deslizo lento tu cremallera, sacando tu miembro
por fuera del slip mientras percibo rastros de tu lengua en mi espalda y
clítoris; t o d o en mí arde esta mañana por tu causa.
Sujeto
tu miembro suavemente entre mis dedos, mientras te pienso secuestrándome al
baño en una reunión familiar, arrastrándome debajo de la mesa en una fiesta para
simplemente masturbarme con toda la sorna posible, durante un almuerzo.
Así,
procurándome casi a tientas, te abalanzas sobre mí, madurando de un golpe mis
pezones, me descubres cual poema de Hernández impregnándome de colores los
párpados, poblando todo recoveco vas sembrando placeres cuando entonces, mis ojos se abren y despierto de
tal ensoñación, toda mojada otra vez.
