-Dame fuego... -susurró en su oído rememorando aquella canción añeja que tantos días atrás reprodujeran en su programa radial predilecto. Dame fuego... fuego...
Lejos del alcance del resto, pero próximos al deseo irrefrenable de abastecerse de mañas y fricciones, se entregaban y separaban jugando para luego encontrarse en un sólo coito, rodeados de la espesura poco a poco oscurecida del lugar.
Lejos del alcance del resto, pero próximos al deseo irrefrenable de abastecerse de mañas y fricciones, se entregaban y separaban jugando para luego encontrarse en un sólo coito, rodeados de la espesura poco a poco oscurecida del lugar.
Era el cumpleaños número 31 del hermano de una amiga de Arlén, la víspera a un acontecimiento tan importante para ellos como la Noche Buena, que se celebraba en las afueras de la ciudad, en una casa con un predio muy cuidado y abarrotado de árboles por doquier. El Sol pretendía desaparecer detrás de los frondosos pinos cuando el festejo anidaba en su máxima cumbre, en tanto la visita numerosa iba convirtiéndose en un punto, y sin saber ante el ánimo de quien, en una sacudida de agua para todos los invitados, quienes extasiados de jolgorio desperdigaban en las cabezas baldazos acompañados por zambullidas a la pileta, simulando un carnaval espontáneo que rebelaba revitalizada acuosidad sobre el césped y caminos, transformando, asimismo el agua, en barro. Un barro tan oscuro y espeso como el elixir del chocolate templado, sólo que el aroma desprendido de tal mezcla de componentes se asemejaba mucho más a la frescura de la tierra mojada que a aquel otro afrodisíaco tan recurrentemente loado en libros de cocina o perturbados corazones.
En un instante de descuido, cuando la mayoría todavía mudaba la ropa húmeda por algo más seco, Arlén lo tomó de la mano con fiereza y lo jaló casi a las corridas, incitando el acelere con el golpetear de las descomprimidas piernas que avanzaban prolijas hacia la salida; llegaron detrás de un árbol, a cierta distancia de la casa, desde donde todavía podían contemplarla,-pequeña-, continuar con las carcajadas y las personas meciéndose peor que columpios, reunidas en imitación a un grupo de hormigas inquietas.
Fue entonces en ese santiamén en que la mente decidió dejarla colgada al no-pensamiento que una boca se abalanzó sobre ella, la boca dueña de la mano que ella sostenía entre sus dedos flacos, y en medio de tal palpitante observación, intentó entrelazarla con los labios cual relato de Miller reciclándole el aliento, procurándola torpemente mientras que apretujaba ora, sus tetas contra sí; de un momento a otro se hallaron descalzos, enfrentados a la desnudez más natural entre dos que se esperan. Allí, sintieron ese amasijo inundarlos bajo sus pies, y la leve frialdad que se filtraba desde las plantas tímidas hasta el calor que iniciaba su acrecentar, cual ritual, por dentro; al siguiente momento se regalaron miles de caricias, sus torsos iban encogiéndose y ensanchándose cual hojas que detrás del roble eran amenazadas con ser delatadas.
Hacerle el amor a una mujer dispuesta, conocedora de su cuerpo, segura de su sexo, poseerla para liberarla simultáneamente; cogerla, follarla, sorberla, masturbarla, lamerla, desearla tanto que aun consiguiéndola vez tras vez, buscas repetir otro encuentro, como si el mundo estuviera deteniéndose cuando la tienes entre tus brazos, como si el mundo fueran sólo ese cuerpo y el tuyo en ese ese sitio. Eso añoraba Igno, llenar a quien tendida en el suelo supuraba sensualidad por cada poro, escribiendo nuevas historias en su piel.
Comenzó a dominarla lentamente, consiguiendo que la voluntad de Arlén fuera la suya, la dejó caer sobre aquel colchón natural y térreo armado en derredores, mientras su hermano a gritos la solicitaba. Igno deslizaba su mano concentrado en las curvas, impulsado por el ardor que empezaba a consumir su carne y su mente, prodigándole besos de los más audaces y voraces, sin dejar de esculpirle con las palmas cada trazo de piel, despojándola por completo de cualquier pudor y recato. Le gustaba imaginar que era su putita insaciable, y que tenía que montarla incontables veces hasta dejarla tendida en profundo sueño, lo excitaba tanto provocarle palabras desafiantes que cuando ella abrió las piernas elevándolas a la altura de sus hombros, él sintió la dureza proclamarse cual bestia, desesperada por hundirle toda su lujuria allí mismo; la cargó con tal facilidad que, ante la reacción tardía de la joven, la hubo volteado de cara al suelo obligándola a elevar la cola hasta su ombligo, sosteniéndole con suavidad la cadera, en tanto su boca sonrojada a mordizcos, intentaba no engullirse el suelo; le urgía tomarla ahí mismo, cual perros en período de apareamiento, su naturaleza lo hostigaba con el falo inquebrantable tentándole la penetración. Arañó sus muslos volviéndola a asir de la cadera, buscando que descontrolada le pidiera ser suya nuevamente, se la metió en el estrecho agujero que se dilataba levemente por la inclinación, apartándole las nalgas, sentía como su órgano se hundía asfixiado comenzando a salir compulsivamente, para repetir el acto.
Cubierta la piel de dicha negrura moldeable, en el involuntario embestir irrefrenable, Igno tomó con sus yemas un poco de barro y comenzó a ungirle la vagina, el pubis; metiéndoselo en el ano para dejar el camino abonado ante la convulsa de su miembro, y allí la montó, imitando a esos jinetes apocalípticos que no perdonan ni un quejido. Las huellas se perdían renovadas a fuerza de galope, y los alaridos de Arlén desmesurados alcanzaban las ramas más elevadas de las copas verdes haciéndolas vibrar como su cuerpo, desarmado e insaciable, sumiso a la espera de la estocada. Pedía en realidad aventuras ocultas, llenándose la garganta de palabrotas y jadeos, en tanto su vulva engrandecida y roja se frotaba ahora, imantada debajo de ambos, complaciendo hasta a las piedras con dicha perseverancia rítmica.


