sábado, 8 de octubre de 2016

Del fuego... fuego.. fuego...




-Dame fuego... -susurró en su oído rememorando aquella canción añeja que tantos días atrás reprodujeran en su programa radial predilecto. Dame fuego... fuego...
Lejos del alcance del resto, pero próximos al deseo irrefrenable de abastecerse de mañas y fricciones, se entregaban y separaban jugando para luego encontrarse en un sólo coito, rodeados de la espesura poco a poco oscurecida del lugar.
Era el cumpleaños número 31 del hermano de una amiga de Arlén, la víspera a un acontecimiento tan importante para ellos como la Noche Buena, que se celebraba en las afueras de la ciudad, en una casa con un predio muy cuidado y abarrotado de árboles por doquier. El Sol pretendía desaparecer detrás de los frondosos pinos cuando el festejo anidaba en su máxima cumbre, en tanto la visita numerosa iba convirtiéndose en un punto, y sin saber ante el ánimo de quien, en una sacudida de agua para todos los invitados, quienes extasiados de jolgorio desperdigaban en las cabezas baldazos acompañados por zambullidas a la pileta, simulando un carnaval espontáneo que rebelaba revitalizada acuosidad sobre el césped y caminos, transformando, asimismo el agua, en barro. Un barro tan oscuro y espeso como el elixir del chocolate templado, sólo que el aroma desprendido de tal mezcla de componentes se asemejaba mucho más a la frescura de la tierra mojada que a aquel otro afrodisíaco tan recurrentemente loado en libros de cocina o perturbados corazones.

En un instante de descuido, cuando la mayoría todavía mudaba la ropa húmeda por algo más seco, Arlén lo tomó de la mano con fiereza y lo jaló casi a las corridas, incitando el acelere con el golpetear de las descomprimidas piernas que avanzaban prolijas hacia la salida; llegaron detrás de un árbol, a cierta distancia de la casa, desde donde todavía podían contemplarla,-pequeña-, continuar con las carcajadas y las personas meciéndose peor que columpios, reunidas en imitación a un grupo de hormigas inquietas.
Fue entonces en ese santiamén en que la mente decidió dejarla colgada al no-pensamiento que una boca se abalanzó sobre ella, la boca dueña de la mano que ella sostenía entre sus dedos flacos, y en medio de tal palpitante observación, intentó entrelazarla con los labios cual relato de Miller reciclándole el aliento, procurándola torpemente mientras que apretujaba ora, sus tetas contra sí; de un momento a otro se hallaron descalzos, enfrentados a la desnudez más natural entre dos que se esperan. Allí, sintieron ese amasijo inundarlos bajo sus pies, y la leve frialdad que se filtraba desde las plantas tímidas hasta el calor que iniciaba su acrecentar, cual ritual, por dentro; al siguiente momento se regalaron miles de caricias, sus torsos iban encogiéndose y ensanchándose cual hojas que detrás del roble eran amenazadas con ser delatadas.

Hacerle el amor a una mujer dispuesta, conocedora de su cuerpo, segura de su sexo, poseerla para liberarla simultáneamente; cogerla, follarla, sorberla, masturbarla, lamerla, desearla tanto que aun consiguiéndola vez tras vez, buscas repetir otro encuentro, como si el mundo estuviera deteniéndose cuando la tienes entre tus brazos, como si el mundo fueran sólo ese cuerpo y el tuyo en ese ese sitio. Eso añoraba Igno, llenar a quien tendida en el suelo supuraba sensualidad por cada poro, escribiendo nuevas historias en su piel.

Comenzó a dominarla lentamente, consiguiendo que la voluntad de Arlén fuera la suya, la dejó caer sobre aquel colchón natural y térreo armado en derredores, mientras su hermano a gritos la solicitaba. Igno deslizaba su mano concentrado en las curvas, impulsado por el ardor que empezaba a consumir su carne y su mente, prodigándole besos de los más audaces y voraces, sin dejar de esculpirle con las palmas cada trazo de piel, despojándola por completo de cualquier pudor y recato. Le gustaba imaginar que era su putita insaciable, y que tenía que montarla incontables veces hasta dejarla tendida en profundo sueño, lo excitaba tanto provocarle palabras desafiantes que cuando ella abrió las piernas elevándolas a la altura de sus hombros, él sintió la dureza proclamarse cual bestia, desesperada por hundirle toda su lujuria allí mismo; la cargó con tal facilidad que, ante la reacción tardía de la joven, la hubo volteado de cara al suelo obligándola a elevar la cola hasta su ombligo, sosteniéndole con suavidad la cadera, en tanto su boca sonrojada a mordizcos, intentaba no engullirse el suelo; le urgía tomarla ahí mismo, cual perros en período de apareamiento, su naturaleza lo hostigaba con el falo inquebrantable tentándole la penetración. Arañó sus muslos volviéndola a asir de la cadera, buscando que descontrolada le pidiera ser suya nuevamente, se la metió en el estrecho agujero que se dilataba levemente por la inclinación, apartándole las nalgas, sentía como su órgano se hundía asfixiado comenzando a salir compulsivamente, para repetir el acto.
Cubierta la piel de dicha negrura moldeable, en el involuntario embestir irrefrenable, Igno tomó con sus yemas un poco de barro y comenzó a ungirle la vagina, el pubis; metiéndoselo en el ano para dejar el camino abonado ante la convulsa de su miembro, y allí la montó, imitando a esos jinetes apocalípticos que no perdonan ni un quejido. Las huellas se perdían renovadas a fuerza de galope, y los alaridos de Arlén desmesurados alcanzaban las ramas más elevadas de las copas verdes haciéndolas vibrar como su cuerpo, desarmado e insaciable, sumiso a la espera de la estocada. Pedía en realidad aventuras ocultas, llenándose la garganta de palabrotas y jadeos, en tanto su vulva engrandecida y roja se frotaba ahora, imantada debajo de ambos, complaciendo hasta a las piedras con dicha perseverancia rítmica.

domingo, 25 de septiembre de 2016

Diario de una novata: Wall



Te sientas en el banco de la plaza, por unos segundos que parecen suspendidos, me quedo de pie frente a ti, me esperas dejando caer tus brazos muertos, a cada lado de tu cuerpo. No obstante, cuando notas mi cercanía, elevas un brazo y me masajeas un pecho, que desnudo se esconde tras la blusa, reaccionando a tu contacto.

Trepo lentamente tus piernas, y allí instalo mi cola, logrando que mis glúteos marquen terreno en tus muslos.
El sol está comenzando a apagarse, cuando ya te tengo montado. Deslizo lento tu cremallera, sacando tu miembro por fuera del slip: Hoy traes esas bermudas que tanto me gustan!!!
Tu polla se encuentra tan tiesa que no es necesario estimularla. Te delatas y yo sonrío victoriosa.

Subes mi falda apenas por encima de tus piernas, no llevo ropa interior. Investigas mi humedad con tu dedo más hábil, y entonces nos penetramos, casi en silencio, aún vestidos. Sin paciencia, sin juegos previos, con un único impulso como estandarte.

Un fuego abrasador que todo lo derrite, me envuelve, dejándome sin poder controlar los jadeos que incrementan bruscamente, tornando mis movimientos más profundos. Quejidos que parecen alaridos desbocados, brotan de mi fantasía, y es que eres mi fantasía desde que te vi deseándome.
Te enrosco los muslos con mis piernas, obligándote a asirme con más fuerza.

Allí me dejas dominar, aunque sepas, tú eres quien me domina; delineo el contorno de tus tatuajes, mientras presiono un dedo en medio del tribal. Tienes razón en aseverar que me atraen tus tatuajes.
Y entonces nos movemos, cada vez más enceguecidos, cada vez más desentendidos del entorno. Estamos tan excitados, explorándonos en pleno lugar. Que no pienso más que en lograr adentrarte por completo en mí.

Me posees con cada movimiento pélvico, me desarmo en ti y me uno otra vez. Cada vez más rápido. Me tienes una y otra vez.
Mis sueños están tan lejos de los tuyos, tan ajenos. Y sin embargo, en aquel banco de la plaza tuve que entregarme a ti; sin poseerte sin que me poseas.

viernes, 12 de agosto de 2016

Diario de una novata: Húmedo



Cuando recorres ciertos caminos comunes  de forma diferente, aquello recobra un significado distinto. Imagino todas las historias que pudieron desarrollarse en esta habitación, y sin embargo soy yo quien está aquí, entre estas paredes, haciéndote el más perverso de los amoríos.

Me suspendo ante la imagen de tu rostro: tus lunares casi imperceptibles, la comisura de tus labios; me cuesta creer que eres real, pero lo eres y estás aquí, entregándote a mí, insaciablemente.
Me miras de reojo persiguiendo mis movimientos por cuanto me desplazo de un extremo a otro de la habitación, ves una mujer que acaba de salir de la ducha (el único atuendo que llevo puesto es el pubis), pero tú… tú eres mi presa aunque aún no lo sepas. Sé que me observas, esperándome desde la oscuridad, puesto que apenas te diviso gracias a la luz que se cuela por las cortinas, iluminándola. Avanzo cautelosa hacia el sitio en el que estás; me dirijo hacia la cama, rozando la colcha con las rodillas, me inclino olisqueándote, luego delineo el contorno de tu rostro con la punta de mi nariz y sonríes. Quizás comprendas ahora que no podía desearte sin quererte.
Reposo mi cabeza en tu pecho, el ritmo de tu respiración me eleva, subo y bajo, escuchando tus latidos agolparse. Reaccionas a la tibieza de mi desnudez, y en ese espacio que nos contiene, me pruebas de un modo distinto: lames mis muñecas, frotas la palma, buscas mis pies, empujas mi boca con tu boca y la muerdes, la rechazas y aceptas; juegas con mis orejas, me retuerces maliciosamente  entre las sábanas mientras presionas mis lóbulos volviéndolos más livianos. Me encuentras, me redescubres y me gustas, me gustas tanto que podría deshacerme bajo tu peso y volverme a armar en cuestión de minutos.
Te deseo con cada pase de mis dactilares por tus vellos, con reparar siquiera en tu brazo o en el cuello que dejaras ver tímidamente por debajo de la polera; con husmear cuidadosamente, ora por tu vientre pálido, ora por tu abdomen y presionar en la hendidura que separa un pulmón del otro.
Desvisto tu torso, silente, voy embebiendo tu mente de imágenes. Definitivamente, no podría tocarte lo  suficiente como para saciarme, ni dejar que me logres sin gemir lo  bastante. Sentir tu aliento tan cerca me enceguece, me incita a desgarrar con uñas las prendas, a humedecer cada uno de tus pliegues, a desafiarte a contener tus fantasías por causa de las yemas rodeándote la ingle.
Te invado con mis caricias, investigo cada trazo de piel que te integra; tus hombros, tu clavícula, se erizan al contacto de la saliva que cae en tu dirección. Asciendo por tu mentón y voy bajando hacia tu ombligo, sin prisa, los dactilares te tocan con todo lo que poseo, soy capaz de dibujar un mapa con esos lugares privados que te conforman ¿Me sientes? Puedo notarlo, puedo lograr recorrerte una y otra vez, incansablemente, mientras  callado aceptas lo que te propongo.
Me instalo allí entre tus muslos y mañosamente me detengo, mis senos palpitan a la idea de continuar el recorrido con ellos; tu respiración te delata, me deseas, lo sé.
Trepo lentamente, cual enredadera, tus pantorrillas; me deslizo un poco más y allí instalo mi cola, logrando que mis glúteos marquen terreno entre tus piernas. Sujetas mi cadera, la acomodas  en donde quieres… aguardas…
Me inclino desarmándome sobre ti, y comienzo a succionar tu pecho enrojeciéndolo, tus manos crecen desde mi cola hasta la espalda en donde masajeas instintivamente las curvas, en donde todo lo abarcas, (el sol está comenzando a encenderse, cuando ya te tengo montado). Deslizo lento tu cremallera, sacando tu miembro por fuera del slip mientras percibo rastros de tu lengua en mi espalda y clítoris; t o d o en mí arde esta mañana por tu causa.
Sujeto tu miembro suavemente entre mis dedos, mientras te pienso secuestrándome al baño en una reunión familiar, arrastrándome debajo de la mesa en una fiesta para simplemente masturbarme con toda la sorna posible, durante un almuerzo.

Así, procurándome casi a tientas, te abalanzas sobre mí, madurando de un golpe mis pezones, me descubres cual poema de Hernández impregnándome de colores los párpados, poblando todo recoveco vas sembrando placeres cuando  entonces, mis ojos se abren y despierto de tal ensoñación, toda mojada otra vez.